sábado, 21 de agosto de 2010

¿Por qué a los colectivos discriminados se nos hace difícil articular esfuerzos?

La (des)articulación de las resistencias
Gustavo Solórzano Alfaro

Los porteadores han venido manifestando su descontento con la situación legal en la que se encuentra la actividad que realizan. Los ecologistas han alzado la voz en contra de la minería a cielo abierto, específicamente contra el proyecto en Crucitas. Los indígenas se presentaron en la Asamblea Legislativa para referirse al tema de su autonomía.

La comunidad gay exige, con toda razón, la legalización de la unión civil entre parejas del mismo sexo. Las universidades luchan por un presupuesto justo. Estos son solamente cinco ejemplos de los distintos sectores (minoritarios, más vulnerables) que buscan hacerse oír y que abogan por el respeto de sus derechos, entre otros asuntos.

Para seguir estableciendo relaciones, al día siguiente de que un grupo de indígenas fue expulsado de la Asamblea Legislativa, la Sala IV rechazaba la posibilidad de un referendo acerca de las uniones civiles entre personas del mismo sexo; y para terminar, la presidenta Chinchilla (quien pareciera que no solo retomó figuras del gabinete de Figueres (1994-1998), sino también su gusto por repetir frases que sacan de apuros) “argumenta”, ante estas y otras problemáticas, “que no son prioridad”. Estamos de acuerdo, y ya sabemos que para este gobierno no son prioridad, que los únicos asuntos de interés nacional responden a las políticas internacionales, a tratados de libre comercio, al libre tránsito de la empresa privada, al Banco Mundial y demás. Sabemos que el interés de este, y de anteriores gobiernos, ha sido desprestigiar la institucionalidad costarricense, desmantelarla, para que de tal forma los sectores populares terminen por apoyarlos y estar en contra, más bien, de las universidades o de la protección estatal, por mencionar dos elementos.

Sin embargo, no es mi interés criticar nuevamente los desaciertos y proyectos del actual gabinete y de las fuerzas económicas que los mueven. Por el contrario, mi interés es señalar de qué modo los espacios de resistencia se ven diezmados precisamente por su desarticulación, por representar, de forma aislada, los esfuerzos y proyectos de determinados grupos.

Cuando me pregunto si es posible una transformación integral en la sociedad, usualmente termino deprimido, pues constato que entre quienes se supone que deben ser agentes de cambios, digamos los maestros y profesores de primaria y secundaria, por citar solo un caso, se desarrolla un pensamiento binario, tradicional, patriarcal, que responde a nociones reaccionarias. Cuando uno ve un maestro que se queja por la violencia en las aulas, uno se pregunta si ese maestro se da cuenta de la violencia que ejerce contra sus estudiantes mujeres, contra sus estudiantes homosexuales, contra sus estudiantes ateos.

Cuando uno ve que los maestros, y la sociedad en general, llora por supuestos “valores perdidos”, se pregunta si ellos se dan cuenta de que precisamente lloran por un mundo que discrimina, que aparta, que separa, que margina, que segrega. Añoran regresar a ese mundo cerrado, homobófico, fundamentalista, donde podían “imponer su ley”. Y claro, no se trata de que ahora vivamos en un mundo abierto. Claro que no. Vivimos en un mundo que cambia, un mundo en lucha, un mundo escindido, pero cuya escisión marca también las posibilidades de nuevos senderos: las posibilidades de la libertad.

Esta misma situación se presenta en las agendas de los distintos grupos que intentan resistir los poderes hegemónicos. Desde los años sesenta, por ejemplo, algunas feministas se percataban de que sus luchas coincidían con las luchas por los derechos de los negros o con las luchas en pro del ambiente. En el fondo, luchaban contra la lógica masculina, blanca y capitalista. Resultaba, eso sí, sumamente difícil que dentro de estos grupos se compartiera tal visión. Los socialistas proclamaban un estado sin lucha de clases, pero seguían sometiendo a las mujeres, y la misma situación se vivía en el seno de otros grupos. Es decir, las agendas no coincidían, y aún hoy no coinciden.

Ahora, no se trata de buscar un estado ideal de comunión en el que converjan los intereses de todos los grupos (de hecho asumimos que es imposible), pues existen particularidades y especificidades que deben ser precisamente respetadas; pero mientras no nos demos cuenta de que es necesario subvertir el orden establecido desde dentro, a través del desmantelamiento de la racionalidad occidental, que se sustenta en una noción tradicional del derecho, de las leyes y de los derechos humanos, no seremos capaces de lograr ningún cambio sustancial.

Pensemos solamente en las tensiones en el interior de la comunidad LGBT, donde muchos homosexuales incluso rechazan el estilo de vida o las opciones que puedan representar los bisexuales o los transgénero. Se lucha por un derecho pero mientras tanto se niegan otros. Todo esto refleja que la otredad no siempre está afuera, sino que es parte viva de nosotros mismos, de los grupos mismos, que se debaten en un proceso de comprensión de distintos fenómenos (discursivos) sociales, culturales y de pensamiento, y que en ese debate terminan por responder a la lógica más convencional y usualmente retrógrada.

Los “universitarios”, los “ambientalistas”, los “indígenas”, las “mujeres”, los “artistas”, los “homosexuales”, etc. se constituyen en sujetos de derecho, pues sus derechos son discutidos o restringidos o simplemente negados, pero también se constituyen en sujetos de “poder”, en tanto hacen circular (y a través suyo circulan) los discursos, los imaginarios, las construcciones sociales que nos oprimen. En el seno mismo de ese poder se ejerce una lucha que se debe asumir: como emblema, como resistencia, como contracultura. Una lucha que no es uniforme, que no es lineal, que no es jerárquica.

Es decir, se conforma por múltiples voces, por rostros diversos, por multitudes. Esas voces, esos rostros, esas multitudes conviven en un mismo sujeto, y representan sus deseos, representan su posibilidad y derecho a una vida digna, a una vida digna de ser vivida. Esa lucha debe olvidarse de las viejas formas de dominación, debe estar siempre en resistencia, pero debe saber, ante todo, que no se trata de un solo asunto o problema, sino de los asuntos y problemas que nos atañen a todos, porque en los tejidos sociales en que vivimos, en algún momento seremos tocados.

La lucha por la libertad empieza en el reconocimiento de los unos con los otros, empieza ahí donde nos damos cuenta de qué manera mi proyecto de vida se entronca, se articula, con el proyecto de vida de los otros.

REVISTA PAQUIDERMO, Costa Rica, 19-8-2010
http://www.revistapaquidermo.com/2010/08/19/la-desarticulacion-de-las-resistencias/