domingo, 6 de diciembre de 2009

Costa Rica: a propósito de la sedicente marcha "por la vida y la familia"

¿REALMENTE MARCHARON POR LA VIDA?
(a propósito de la sedicente marcha “por la vida y la familia”)

Luis Paulino Vargas Solís

Y, en fin, cuando esta gente dice “vida” ¿en realidad a qué se refieren?

Su prédica se ancla en un punto: un cigoto humano es un ser humano y, por lo tanto, abortar implica asesinar a una persona. A lo largo de la historia de la humanidad nunca ha habido consenso sobre ese particular (ni siquiera dentro del catolicismo), como es también evidente que hay una diferencia sustantiva entre un ser humano propiamente dicho y un grupo de células. Que estas podrían llegar a conformar un ser humano es cosa distinta, tanto como es distinto el ser y el podría llegar a ser. Pero, en fin, un debate tal supone un requisito previo indispensable: una disposición democrática y racional que haga efectivo el derecho de cada quien a sostener su posición sin ser por ello víctima del escarnio ni la intimidación. Pero lo que queda claro es que, tratándose de esta gente, el asunto justo consiste en eso: aplastar a quien opine distinto, recurriendo para ello a los muy fascistas expedientes de “pa’ eso somos más” y “pa’ eso tenemos poder y fuerza”.

En todo caso, y al margen de lo que cada quien opine sobre el aborto y su relación con la defensa de la vida, saltan a la vista dos cosas: la cínica desfachatez con esta gente exhibe su doble moral y la ligereza con que condenan a la muerte a seres humanos que son vida concreta y palpitante, hoy y aquí.

Lo de la doble moral queda evidenciado tan solo con que recordemos el cómplice y estruendoso silencio con que esta gente –del Arzobispo a la abogada Loría- acompañaron la fraudulenta aprobación del TLC y, dentro de este, y como parte de su “agenda complementaria”, del pérfido Tratado de Budapest, el cual da luz verde para la manipulación de la vida –incluidos los embriones humanos- con arreglo a criterios estrictamente comerciales.

Por lo demás, hay un espíritu de muerte que satura todos los mensajes que ofrecen.

Empecemos por hacer notar un detalle: desde esta visión oscurantista la realidad de la vida no interesa. Esa realidad es permanentemente sustituida por una idea; la idea acerca de cómo debería ser el mundo según lo prescriben los valores morales que estas personas sustentan y los dogmas religiosos en los cuales creen.

Su moral y su religión demandan un mundo uniforme y estandarizado, donde todas las personas deberían vivir de la misma forma:

- todo mundo debe ser heterosexual y debe casarse de una vez y para toda la vida (obviamente con alguien del sexo opuesto, visto que la heterosexualidad es obligatoria);

- cada matrimonio ha de dar lugar a una familia estándar: papá, mamá, chiquitas y chiquitos. Lo ideal sería un papá-jefe-de-familia-proveedor y una mamá-sumisa-ama-de-casa. Una variante inferior se da cuando la mujer sale a estudiar o trabajar fuera. Esto supone cierta “pérdida de valores” pero puede ser tolerable a condición de que se mantengan las otras condiciones.

A este modelo se refieren cuando hablan de la familia como “unidad natural básica de la sociedad” y del matrimonio como “base constitutiva natural” de esa familia. La apelación reiterada a lo “natural” le imprime a su diatriba una obvia connotación biologicista y, por esa vía, connotaciones divinas, en el sentido de que la naturaleza es creación de Dios (favor no hacer mención de teorías heréticas como la de la evolución). O sea, y en resumen, matrimonio y familia, conforme a las categorías dogmáticas establecidas a priori y de forma abstracta, son obra de la divinidad, por lo tanto son algo sagrado, eterno e inmutable.

Si en la realidad se observan cosas distintas de las que este modelo prescribe, ello se explica fácilmente como fruto del pecado y testimonio de la presencia del maligno. Que esas divergencias no sean cosa tan solo de hoy día, sino algo presente a lo largo de toda la historia de la humanidad no agrega nada que merezca ser tenido en cuenta.

El dogma que asegura que esto fue creado por Dios se anuda con el dogma de que lo distinto, por el solo hecho de serlo, es pecado y abominación. Es una idea autosuficiente que se cierra sobre sí misma y frente a la cual ni la inteligencia ni la ciencia tienen nada que hacer.

La realidad, sin embargo, es lo que es, independientemente de lo que esta gente opine. Ahí encuentra usted multitud de formas de familia, muchas de las cuales difieren de ese modelo “natural”. Hagamos un muy parcial recuento: la mujer sola que cría a uno o varios pequeños; la pareja sin retoños; la viuda con el hijo que jamás se casó (peligrosamente sospechoso de ser gay enclosetado); la señora y el señor con hijos e hijas de anteriores matrimonios. Y siga contando.

Y, por supuesto, las parejas del mismo sexo que, cada vez más, aparecen aquí y allá, compartiendo el amor, un techo y una vida en común. Todo esta diversidad –y con mucha más razón estas parejas homosexuales- son despreciadas como expresión de pecado. Las personas implicadas quedan así condenadas a la muerte en vida.

Y, mientras tanto, también hay mujeres que se embarazan y deciden –generalmente con mucho dolor de por medio- no continuar con ese embarazo. Es cosa de todos los días y se da por miles. Algunas con mucho dinero van al extranjero y pagan alguna clínica muy cara. Otras –la inmensa mayoría- lo hacen en la clandestinidad, corriendo graves riesgos para su salud.

¿Es posible moralizar sobre esto y condenar a estas mujeres? Eso hace esta gente y, en fin, eso motiva la intolerancia de su grito por la “vida”. Tan solo que hablan de vida en abstracto, sin referencia alguna a la realidad de seres de carne y hueso que, por razones imposibles de valorar por nadie que no esté en su pellejo, deciden lo que tienen que decidir. He aquí, de nueva cuenta, una condenatoria a la muerte en vida.

El dogma que anima el discurso y el accionar de esta gente es fascista en el sentido de que expresa un profundo odio por la vida concreta, es decir, por la vida de gente de carne y hueso, que respira, come, duerme, ama y trabaja, hoy y aquí. La vida de estas personas queda subordinada a una idea que esta gente considera una verdad revelada, una esencia divina inmutable. Ello significa, sin más, el sacrificio –literalmente el asesinato, a veces físico y cuanto menos afectivo, emocional y simbólico- de muchas vidas concretas.

San José, Costa Rica, 6 de diciembre de 2009

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